Desde niño miré con desagrado la imagen que algunos europeos y norteamericanos tenían de nuestras repúblicas latinoamericanas: Banana Republics.
Repúblicas dominadas por pasiones, carentes de institucionalidad e imperantes en informalidad, donde las reglas de juego no son claras y las decisiones fantásticas e ingeniosas que definen el futuro de sus gobernados, no son más que triquiñuelas que definen el porvenir del dictadorzuelo de turno.
Ahora me doy cuenta que dicha percepción estaba medianamente alejada de la realidad, exagerada un poco con ese término despectivo acuñado por O. Henry. Y es que no ayudamos mucho en cambiar la imagen.
Colombia, orgullosa de su tradición institucional, ha caído en el vaivén de las pasiones del ejecutivo, quien amenaza a la Corte Suprema de Justicia con un referendo para legitimar su reelección presidencial, desconoce a la rama judicial, decide saltársela y de paso, como si se tratara de un juego, pretende usufructuarse de dos años de gobierno que ya no valdrían, porque al repetir las elecciones de 2006 empezarían acorrer cuatro años más y un período que debió ser de ocho años sería ahora de diez.
La democracia es una forma de organización muy frágil, nada peor que la inestabilidad, la falta de seriedad, para su resquebrajamiento, y la posición que ha adoptado el gobierno nacional respecto del fallo de la Corte Suprema de Justicia es simplemente inaceptable.
La credibilidad en nuestras instituciones hace rato atraviesa por un pésimo momento, incluso la Presidencia de la República, que como la institución del Consulado en tiempos de Gayo Julio Cesar, poco antes de acabar con la República Romana por su imponente personalidad, era para el pueblo una institución carente de significado, puesto que en él, Julio Cesar, residía lo importante. Los personalismos dominan, mientras la institucionalidad decrece.
Los fenómenos de la para-política y la yidis-política, así bautizados por los medios de comunicación, junto con la sensación de que coexistimos en una sociedad criminalizada que acepta ciertos niveles de maldad, no hacen viable que la institucionalidad soporte más golpes.
No somos una Banana Republic, somos la República de Colombia y nuestra institucionalidad debe recuperar fuerza obteniendo credibilidad en nuestra ciudadanía y en la comunidad internacional, condición sine qua non de un Estado consolidado y legítimo.
El exitoso operativo de nuestras Fuerzas Militares que consiguió el retorno a sus hogares de Ingrid Betancourt y los demás liberados, brinda un momento histórico para que sigamos el camino de la paz. Esperamos que éste hecho no se convierta en estrategia mediática para que olvidemos una realidad que afecta al ciudadano común y a la Corte Suprema de Justicia, institución interesada en que se conozca la verdad, pero ante todo, se haga justicia.
miércoles, 2 de julio de 2008
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